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Zonas Especiales Económicas y su contribución al
desarrollo de la República Popular de China
Special Economic Zones and their contribution to the
development of the People's Republic of China
Rosa Mabael Ovando Flores
https://orcid.org/0009-0005-4570-4268
Universidad Técnica de Oruro, Bolivia
rosa.ovando@doc.uto.edu.bo
Doctoranda en Gestión Financiera Administrativa. Maestría en Ingeniería Financiera. Maestría en
Gerencia Tributaria. Diplomado en Educación Superio. Diplomado en Gestión Tributaria y Financiera.
Diplomado en impuestos. Diplomado en Mercado de valores. Docente de pre y pos grado. Asesora
Sociedad Científica Carrera de Administración Financiera - Facultad de Ciencias Económicas,
Financieras y Administrativas
Erick Wilfredo Nina Guzmán
https://orcid.org/0009-0007-5334-755X
Universidad Mayor, Real y Pontificia de San Francisco Xavier de Chuquisaca, Bolivia
joberickng@gmail.com
Maestrante del Programa Académico en Integración, Comercio Internacional y Gestión Aduanera de la
Universidad Andina Simón Bolívar; Administrador de Empresas; Comercio Exterior y Aduanas.
Mauricio Muñoz Landázuri
https://orcid.org/0000-0002-5673-4885
Universidad de Guayaquil, Ecuador
mauricio.munozla@ug.edu.ec
Master Internacional en Ciencias Políticas, Licenciado en Sociología, Docente de la Universidad de
Guayaquil.
Recibido: 04/08/2025
Aceptado: 26/09/2025
Publicado: 01/10/2025
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Resumen
Las zonas económicas especiales de la
República Popular de China, concebidas como
parte de una estrategia estatal de apertura
económica gradual y reforma estructural, han
captado una atención sostenida en el ámbito
académico, político y económico a nivel
internacional. Estas zonas han funcionado como
instrumentos clave para acelerar la
transformación productiva del país, permitiendo
la incorporación progresiva de mecanismos de
mercado en un sistema de orientación socialista.
El presente artículo tiene como objetivo analizar
el surgimiento, evolución y consolidación de las
zonas económicas especiales en China, así
como examinar los impactos positivos que estas
han generado sobre el crecimiento económico, la
estructura productiva y el posicionamiento
internacional del país. La investigación se
desarrolla bajo un enfoque descriptivo y analítico
empleándose fuentes bibliográficas
especializadas y documentación histórica,
complementadas con información estadística
proporcionada por el Banco Mundial, el Ministerio
de Comercio de China, el Anuario Estadístico de
China y el Atlas Mundial de Datos de China. Los
resultados muestran que uno de los principales
beneficios asociados a las zonas económicas
especiales, ha sido la atracción de inversión
extranjera directa, reflejada en una balanza
comercial estructuralmente superavitaria, una
mayor estabilidad del producto interno bruto,
procesos continuos de transferencia tecnológica
y un crecimiento económico sostenido en el largo
plazo. Se concluye que, las zonas económicas
especiales han impulsado el crecimiento
sostenido, fortalecido la resiliencia
macroeconómica y mejorado los indicadores
socioeconómicos en China, posicionándola como
un actor central en la economía global. Por lo
tanto, las zonas económicas especiales,
integradas a una estrategia nacional de largo
plazo, pueden catalizar transformaciones
estructurales profundas en economías en
desarrollo.
Palabras Clave: Zonas Económicas Especiales,
Producto Interno Bruto, PIB per cápita, Índice de
Desarrollo Humano, Reservas Internacionales,
Crecimiento económico, República de China.
Abstract
The special economic zones of the People's
Republic of China, conceived as part of a state
strategy of gradual economic opening and
structural reform, have garnered sustained
attention in academic, political, and economic
circles internationally. These zones have served
as key instruments for accelerating the country's
productive transformation, enabling the
progressive integration of market mechanisms
within a socialist-oriented system. This article
aims to analyze the emergence, evolution, and
consolidation of special economic zones in China,
as well as examine their positive impacts on
economic growth, the country's productive
structure, and its international standing. The
research employs a descriptive and analytical
approach, utilizing specialized bibliographic
sources and historical documentation,
supplemented by statistical information provided
by the World Bank, the Chinese Ministry of
Commerce, the Statistical Yearbook of China,
and the China World Data Atlas. The results show
that one of the main benefits associated with
special economic zones has been the attraction
of foreign direct investment, reflected in a
structurally positive trade balance, greater GDP
stability, continuous technology transfer, and
sustained long-term economic growth. It is
concluded that special economic zones have
driven sustained growth, strengthened
macroeconomic resilience, and improved
socioeconomic indicators in China, positioning it
as a key player in the global economy. Therefore,
special economic zones, integrated into a long-
term national strategy, can catalyze profound
structural transformations in developing
economies.
Key words: Special Economic Zones, Gross
Domestic Product, GDP per capita, Human
Development Index, International Reserves,
Economic Growth, Republic of China.
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Introducción
Las Zonas Económicas Especiales (ZEE) instauradas en distintas regiones del mundo
poseen una trayectoria amplia y una relevancia creciente dentro del comercio
internacional y de las políticas de desarrollo económico. Desde mediados de la década
de los 80, la creación de este tipo de espacios territoriales ha experimentado un
crecimiento acelerado en prácticamente todas las regiones. Para ese tiempo, la
Organización Internacional del Trabajo (OIT) reportó la existencia de 176 zonas
especiales en 47 países; posteriormente, para el año 2006, esta cifra se incrementó de
manera significativa hasta alcanzar aproximadamente 3.500 zonas económicas
especiales distribuidas en 130 países (Boyenge, 2007). Este proceso de expansión refleja
el interés de los Estados por emplear las ZEE como herramientas para estimular la
inversión, promover el empleo y fortalecer la competitividad internacional.
No obstante, a pesar de la proliferación global de las zonas económicas especiales, la
evidencia empírica demuestra que los resultados obtenidos han sido heterogéneos.
Mientras algunas ZEE se han consolidado como auténticos motores del crecimiento
económico, la industrialización y la inserción internacional, otras han presentado
desempeños limitados o incluso resultados adversos. El éxito de estas zonas depende
en gran medida del diseño institucional, del marco normativo, de la coherencia con las
estrategias nacionales de desarrollo y de la capacidad del Estado para integrarlas
efectivamente en la economía local y regional.
Numerosas zonas económicas especiales han actuado como catalizadoras de procesos
de crecimiento económico, como ocurrió con las denominadas “economías de los tigres
asiáticos” durante la década de 1980, así como en China, Mauritania y varios países de
América Latina desde principios de la década de 1990. Sin embargo, junto a estas
experiencias exitosas, también se identifican casos en los que las ZEE han sido objeto
de críticas sustanciales, debido a la transferencia ineficiente de rentas, el escaso impacto
sobre las economías locales, el debilitamiento de los encadenamientos productivos
internos y la generación de problemas sociales y laborales.
Este último escenario no se corresponde con la experiencia de la República Popular de
China. A finales de la década de 1970, bajo el liderazgo de Deng Xiaoping, el país impulsó
una profunda política de modernización del Estado orientada a superar las limitaciones
del modelo económico centralmente planificado y a promover un crecimiento sostenido.
Esta estrategia incluyó el establecimiento inicial de cuatro zonas económicas especiales
en el sureste del país: Shenzhen, Zhuhai y Shantou, en la provincia de Guangdong, y
Xiamen, en la provincia de Fujian. Durante más de tres décadas, estas zonas
contribuyeron a que China alcanzara tasas de crecimiento económico promedio
superiores al 8 % anual (Orozco, 2009).
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En relación con lo anterior, representantes del Programa de las Naciones Unidas para el
Desarrollo (PNUD) han señalado que las zonas económicas especiales y las zonas de
libre comercio de China constituyen instrumentos adecuados para favorecer un
crecimiento sostenible. Beate Trankmann, representante residente del PNUD en China,
afirmó que un futuro sostenible requiere inversiones anuales que oscilan entre cinco y
siete billones de dólares, especialmente en los países en desarrollo, lo cual puede
lograrse mediante políticas gubernamentales que incentiven la participación del sector
privado. En este contexto, las ZEE y las ZLC se presentan como mecanismos
fundamentales para canalizar dichas inversiones (Xinhuanet, 2020).
Trankmann también destaca que, desde finales de la década de 1990, China ha
promovido activamente la creación de zonas especiales de cooperación económica en el
exterior, fortaleciendo la cooperación comercial con otros países. Estas zonas han
generado aproximadamente cuarenta mil millones de dólares en inversión, han
contribuido con cerca de tres mil millones de dólares en ingresos fiscales y han permitido
la creación de alrededor de trescientos mil empleos (Ministerio de Comercio de la
República Popular de China, 2012).
En contextos de crisis económicas y financieras internacionales, es habitual que las
economías nacionales enfrenten impactos negativos significativos. Sin embargo, gracias
a la política de modernización implementada por China desde hace varias décadas y al
establecimiento progresivo de las zonas económicas especiales, el país ha mantenido un
crecimiento promedio cercano al 9,5 % durante los últimos cuarenta años, según
declaraciones del presidente Xi Jinping. En varios períodos consecutivos, China ha
contribuido con más del 30 % al crecimiento económico mundial.
A partir de lo expuesto, resulta cada vez más necesario que los países adopten políticas
económicas orientadas a la sostenibilidad, la inversión productiva y la generación de
empleo. Este tipo de políticas contribuyen de manera directa a la reducción de la pobreza,
la disminución de la desigualdad, la utilización eficiente de los recursos, la mitigación de
riesgos empresariales y el incremento de la productividad. Asimismo, incentivan a las
empresas a experimentar con nuevos modelos de crecimiento sostenible, tal como lo ha
señalado el PNUD (Xinhuanet, 2020).
Con base en este contexto, el objetivo central del presente artículo es analizar los
antecedentes de creación de las zonas económicas especiales en China, las razones que
motivaron su implementación por parte del gobierno chino y los impactos positivos que
estas han generado en el país. El estudio inicia con una revisión conceptual de las ZEE
a nivel global y posteriormente se enfoca en la experiencia china, sus enseñanzas,
resultados y beneficios, haciendo énfasis en su incidencia sobre el crecimiento
económico interno y la mejora de las condiciones de vida de la población.
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La investigación adopta un enfoque descriptivo del desarrollo económico de China y de
las estrategias aplicadas desde la revolución de 1949, las reformas iniciadas en 1978 y
hasta la actualidad, período en el cual el país se ha consolidado como una potencia
económica de alcance mundial. Para ello, se recurrió a fuentes documentales históricas
y a información estadística proporcionada por el Banco Mundial, el Ministerio de
Comercio de China y otras entidades oficiales.
Finalmente, se plantean las siguientes preguntas orientadoras: ¿cómo puede un país
alcanzar elevados niveles de crecimiento económico en un período relativamente corto?,
¿qué políticas y estrategias ha implementado China para consolidarse como potencia
económica mundial?, y ¿qué lecciones ofrece la experiencia china a otros países que
buscan implantar zonas económicas especiales? El desarrollo de esta investigación
busca ofrecer respuestas sistemáticas a estas interrogantes.
Abordaje teórico sobre Zonas Económicas Especiales
Según Orozco (2009), las zonas económicas especiales se definen como áreas
geográficas delimitadas y expresamente seleccionadas dentro de la política económica y
comercial de un Estado, cuyo propósito consiste en incrementar la atracción de inversión
extranjera y estimular actividades productivas orientadas a la expansión del comercio. En
la misma línea, González & Meza (2009) subrayan que, debido a la amplitud del concepto,
estas zonas suelen abarcar configuraciones diversas: desde enclaves con tratamiento
fiscal preferencial, hasta espacios portuarios con ventajas logísticas para el intercambio,
o territorios receptores de inversión pública intensiva para transformar áreas rurales o
pesqueras en polos urbanos con funciones industriales, comerciales y de servicios.
De acuerdo con Farole & Akinci (2011), la finalidad central de las zonas económicas
especiales es elevar los flujos de inversión extranjera directa, particularmente por parte
de firmas transnacionales, corporaciones multinacionales u otros inversionistas externos
con capacidad de integrarse a cadenas de valor internacionales. Desde una perspectiva
de eficiencia económica, las empresas localizadas en ZEE suelen beneficiarse de un
conjunto de ventajas comparativas inducidas, entre las que destacan, por un lado, la
posibilidad de producir a menores costos unitarios en virtud de incentivos fiscales,
menor carga regulatoria o acceso preferente a infraestructura y, por otro, una mayor
flexibilidad para operar comercialmente, lo que amplía su capacidad de competir en
mercados globales.
Por otra parte, Tarverner (2007) identifica rasgos institucionales que tienden a
caracterizar a las ZEE, tales como el otorgamiento de incentivos fiscales explícitos, una
mayor autonomía relativa para realizar operaciones de comercio internacional y la
adopción de principios orientados a atraer y utilizar capital extranjero como palanca de
expansión productiva. En este marco, suelen promoverse formas empresariales
específicas principalmente asociaciones o empresas conjuntas, con una orientación
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productiva hacia la exportación, y con un funcionamiento económico que, en términos
operativos, se apoya en reglas e incentivos asociados a la lógica del mercado.
Como complemento de lo anterior, el surgimiento y difusión de las zonas económicas
especiales puede interpretarse como resultado de decisiones de política comercial e
industrial impulsadas desde el Estado, mediante las cuales se busca que determinadas
regiones, sectores y ramas productivas adopten estrategias de inserción internacional.
En este sentido, Park (1997) plantea que las ZEE forman parte de una estrategia global
que procura dinamizar el desarrollo regional nacional y local a través de políticas
coherentes de internacionalización en horizontes de corto, mediano y largo plazo,
articulando objetivos de competitividad, especialización productiva y atracción de capital.
En conjunto, los autores citados convergen en la idea de que la razón de ser de las zonas
económicas especiales se vincula con la creación de condiciones extraordinarias
institucionales, fiscales, regulatorias y logísticas para atraer inversión extranjera directa
y facilitar la expansión del sector exportador. El núcleo común de estos planteamientos
reside en que, al habilitar un entorno de negocios diferenciado, las ZEE pueden generar
beneficios simultáneos: para los Estados anfitriones, en forma de mayor producción,
empleo, exportaciones y modernización productiva; y para las empresas asentadas en
dichas zonas, mediante reducción de costos, ampliación de márgenes operativos y mayor
acceso a mercados.
En síntesis, las ZEE constituyen áreas geográficamente acotadas, sujetas a un régimen
de administración y regulación diferenciado respecto del resto del territorio nacional. Se
consolidaron históricamente como instrumentos de política de comercio, inversión e
industrialización, orientados a captar inversión extranjera directa en actividades
económicas seleccionadas y a acelerar procesos de transformación estructural. En su
evolución, estas zonas se han adaptado a cambios en las dinámicas globales y pueden
entenderse como una estrategia de desarrollo que busca articular territorio, política
industrial y apertura económica, proporcionando facilidades comerciales, industriales y
fiscales que favorezcan un crecimiento sostenido.
Desde un enfoque de economía política, resulta pertinente subrayar que las ZEE no
operan únicamente como “espacios de excepción” regulatoria, sino como dispositivos
institucionales que permiten al Estado modular gradualmente el grado de liberalización y
el tipo de integración externa. En la práctica, su desempeño depende de la calidad de la
gobernanza, del alineamiento con la política industrial y tecnológica, de la provisión
efectiva de infraestructura y de la capacidad de conectar la producción localizada en la
zona con encadenamientos productivos internos. Bajo este prisma, la ZEE puede
funcionar como plataforma de aprendizaje organizacional y tecnológico y como
mecanismo de coordinación entre incentivos microeconómicos y objetivos
macroeconómicos de desarrollo.
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En otro orden de ideas, de acuerdo con Graham & Lam (2004), la creación de las zonas
económicas especiales en China se inscribe dentro del proceso de apertura progresiva a
la inversión extranjera iniciado a finales de la década de 1970. Un hito fundamental de
este proceso fue la promulgación, en 1978, de la Ley sobre Empresas Conjuntas
Extranjeras (Joint Ventures), normativa que permitió la participación de capital extranjero
bajo un esquema inicialmente restrictivo y fuertemente regulado por el Estado chino. En
su etapa inicial, dicha legislación estableció condiciones estrictas para la aprobación y
operación de la inversión extranjera directa, con el objetivo explícito de atraer tecnología
avanzada, fortalecer el sector industrial estatal y mejorar la calidad de los servicios.
Tal como se señaló en el apartado anterior, las zonas económicas especiales
representan espacios territoriales en los que rige un marco normativo más flexible y liberal
en comparación con el aplicado en el resto del país. En el caso chino, estas zonas fueron
concebidas no solo como instrumentos para incrementar la inversión extranjera directa,
sino también como verdaderos laboratorios de política económica, destinados a ensayar
gradualmente mecanismos de mercado dentro de un sistema de orientación socialista,
minimizando los riesgos de una liberalización abrupta.
Entre los años 1980 y 1984, China estableció sus primeras cuatro zonas económicas
especiales en las ciudades de Xiamen, Shenzhen, Zhuhai y Shantou, además de otorgar
posteriormente a la provincia de Hainan un estatus especial. Estas zonas iniciales
presentaron características distintivas que las diferenciaron del resto del territorio
nacional, tanto en términos de incentivos fiscales como de autonomía administrativa. Más
adelante, en 1984, el gobierno chino amplió esta estrategia mediante la designación de
catorce ciudades costeras adicionales, entre las que se incluyen Tianjin, Dalian, Yantai,
Qinhuangdao, Qingdao, Lianyungang, Ningbo, Wenzhou, Fuzhou, Beihai, Cantón,
Zhanjiang, Nantong y Shanghái (Furlong, Netzahualcoyotzi & Hernández, 2018).
En respaldo a esta política de apertura gradual, el gobierno central decidió convertir a la
isla de Hainan en la zona económica especial de mayor extensión del país, al tiempo que
amplió territorialmente las cuatro ZEE iniciales de Xiamen, Shenzhen, Zhuhai y Shantou.
Como resultado, estas zonas ingresaron en una fase de difusión de buenas prácticas y
de transferencia de mecanismos institucionales hacia otras ciudades y regiones. Este
proceso de expansión fue particularmente significativo, de modo que para el año 2018
China contaba ya con decenas de zonas económicas especiales que habían contribuido
de manera decisiva a su ascenso económico (Hernández, 2013).
En 1985 se establecieron cinco regiones geográficas especiales en distintas provincias
del país, consolidando una estrategia territorial de apertura diferenciada. Posteriormente,
en 1990, el gobierno chino decidió abrir el área de Pudong, en la ciudad de Shanghái, a
la inversión extranjera, extendiendo esta política a otras ciudades del valle del río
Yangtsé. A partir de 1992, el Consejo de Estado amplió aún más el proceso de apertura,
incorporando ciudades fronterizas, capitales de provincias interiores y regiones
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autónomas. Como resultado, se estableció un sistema compuesto por quince zonas de
libre comercio, cuarenta y nueve zonas de desarrollo económico y tecnológico y
cincuenta y tres zonas de desarrollo industrial y de alta tecnología, configurando un
modelo de apertura territorial escalonada e interconectada (Furlong, Netzahualcoyotzi &
Hernández, 2018).
Resulta relevante señalar que las zonas económicas especiales de China presentan
rasgos institucionales singulares. En estos espacios, el Estado chino ha aplicado políticas
económicas diferenciadas, caracterizadas por una mayor orientación hacia el libre
mercado y una considerable flexibilidad en los procedimientos administrativos. Esta
diferenciación ha permitido la implementación de un sistema de gestión económica
diseñado para resultar altamente atractivo tanto para empresas nacionales como
extranjeras, funcionando como una plataforma de inserción progresiva al mercado
nacional e internacional (Bustelo, 1999).
Orozco (2009) enfatiza que las ZEE fueron concebidas como polos de atracción de
inversión extranjera directa, con el propósito de facilitar el acceso a tecnología, mejorar
la infraestructura y los servicios en regiones históricamente menos desarrolladas del sur
del país, y establecer una base industrial orientada a la exportación. Para alcanzar estos
objetivos, el gobierno chino aplicó un marco legislativo diferenciado que incluyó incentivos
específicos para el capital extranjero, la autorización de asociaciones entre empresas
nacionales y extranjeras Joint Ventures y la posibilidad de establecer empresas de
capital totalmente extranjero, permitiendo que la actividad económica se rigiera, en buena
medida, por las dinámicas del mercado.
Desde una perspectiva histórica y estructural, las zonas económicas especiales han sido
consideradas por numerosos analistas como uno de los pilares fundamentales del
proceso de desarrollo chino desde finales del siglo XX. Estas zonas se integraron de
manera coherente en la estrategia política y económica de un país con un sistema de
gobierno socialista, demostrando que la adopción selectiva de mecanismos de mercado
podía coexistir con un fuerte control estatal. Si bien existen diversas interpretaciones
sobre las causas del crecimiento chino, existe un consenso general en que las últimas
cuatro décadas han estado marcadas por resultados notablemente exitosos en términos
de crecimiento y transformación estructural (Bustelo, 1999).
Desde un enfoque analítico más amplio, la experiencia china pone de manifiesto que las
ZEE no solo cumplieron una función económica inmediata, sino que también facilitaron
procesos de aprendizaje institucional, coordinación intergubernamental y adaptación
progresiva del marco regulatorio. En este sentido, las zonas económicas especiales
operaron como mecanismos de transición, permitiendo al Estado chino calibrar el alcance
y la velocidad de las reformas económicas, al tiempo que se preservaba la estabilidad
política y social.
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Estrategias económicas y geopolíticas de China a partir de las ZEE
Las zonas económicas especiales constituyeron un eje estratégico fundamental para el
Partido Comunista Chino, que las utilizó como instrumentos clave para impulsar el
proceso de apertura gradual de la economía china hacia Occidente, en el marco de la
transición desde un sistema de planificación centralizada hacia un modelo de economía
mixta con fuerte presencia estatal. En este contexto, dicho partido promovió el Programa
de las Cuatro Modernizaciones, orientado al fortalecimiento de la defensa nacional, la
industria, la agricultura y la ciencia y tecnología, con el objetivo de construir una China
moderna, productiva y competitiva a nivel internacional. Como resultado, se configuró un
sistema económico progresivamente abierto, bajo la conducción de un Estado central
fuerte.
Posteriormente, se consolidó la denominada política de Puertas Abiertas, mediante la
cual se promulgaron leyes de mercado vinculadas a la inversión extranjera y al comercio
internacional. La apertura económica fue concebida como una condición indispensable
para atraer flujos de inversión extranjera directa, impulsar las exportaciones
manufactureras y reducir la vulnerabilidad estructural de la economía frente a
perturbaciones externas. La implementación gradual y controlada de esta política permitió
a China posicionarse como un destino atractivo para la inversión extranjera, facilitando
simultáneamente la transferencia tecnológica y la incorporación de mano de obra
calificada.
En relación con el crecimiento económico, uno de los factores institucionales más
relevantes fue la Ley sobre Empresas de Riesgo Conjunto o Joint Ventures, promulgada
en 1978. Esta normativa fue diseñada específicamente para atraer tecnología y
conocimientos productivos de los que carecía el sector industrial estatal, al tiempo que
contribuía a la mejora de la calidad de los servicios. La participación obligatoria de capital
chino en estas asociaciones permitió al Estado conservar cierto control estratégico, al
mismo tiempo que se beneficiaba de las capacidades tecnológicas y organizativas del
capital extranjero.
En la República Popular de China, el desarrollo de las zonas económicas especiales se
desplegó en tres etapas claramente diferenciadas. La primera etapa, comprendida entre
1979 y 1982, correspondió al período de arranque y experimentación inicial. La segunda
etapa, entre 1983 y 1985, se caracterizó por una fase de aceleración, durante la cual se
dinamizaron actividades económicas clave como la agricultura, la industria, el comercio,
los servicios, la vivienda y el turismo. Finalmente, a partir de 1985, se produjo una etapa
de contracción seguida de un nuevo repunte del crecimiento, en la que las ZEE
demostraron una notable capacidad de adaptación y resiliencia (Wu, 1985).
Este proceso de transformación política y económica no estuvo exento de tensiones y
resistencias internas. En sus primeras fases, amplios sectores de la población
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manifestaron desconfianza y temor frente a las decisiones adoptadas por el gobierno
central, ante el riesgo de generar desequilibrios económicos y sociales. La designación
inicial de zonas relativamente subdesarrolladas para la implementación de las ZEE
respondió, en parte, a la intención de aislar posibles efectos negativos. En este sentido,
las zonas económicas especiales operaron como verdaderos laboratorios de política
económica, donde se ensayaron medidas de orientación capitalista en espacios
territorialmente delimitados (Heilmann et al., 2008; Lieber, 2013; Zhang & Zhu, 2018).
La estrategia de las zonas económicas especiales ha producido resultados ampliamente
favorables para China, aunque no ha estado exenta de fluctuaciones coyunturales. Las
crisis financieras y económicas internacionales de 1997 y 2008, por ejemplo, impactaron
el sistema financiero y el comercio exterior chino. Sin embargo, el país logró transformar
estos episodios adversos en oportunidades para profundizar su proceso de reforma
estructural y fortalecer su modelo de desarrollo económico (Liu, 2019).
Durante la crisis financiera global de 2008, el sistema bancario chino contaba con niveles
de capitalización suficientes para ampliar la oferta de crédito y sostener la actividad
económica. Según Lian Ping, economista jefe del Banco de Comunicaciones de China,
esta capacidad permitió optimizar la resistencia del sistema financiero frente al riesgo,
mitigando los efectos de la crisis. De manera paralela, China fortaleció sus vínculos
económicos con el resto del mundo, adoptando políticas orientadas a expandir la
demanda interna, revitalizar la industria, estabilizar el empleo y proporcionar apoyo
financiero mediante instrumentos de control macroeconómico (Liu, 2019).
En la misma línea, Peter Wong, director ejecutivo del Hong Kong and Shanghai Banking
Corporation Limited, subrayó la importancia de reforzar los mecanismos de coordinación
y supervisión financiera intersectorial, con el fin de construir sistemas regulatorios más
eficientes. Asimismo, destacó la necesidad de una mayor participación de China en la
gobernanza económica global, promoviendo reformas en los ámbitos económico y
financiero internacional y fortaleciendo la confianza de los mercados (Liu, 2019).
Desde una perspectiva estructural, las zonas económicas especiales se consolidaron
como plataformas de renovación productiva y como ejes centrales del incremento de la
competitividad regional, estimulando la inversión privada. El éxito de las ZEE chinas
radicó, en gran medida, en la incorporación estratégica del capital extranjero a través de
empresas de riesgo conjunto, lo que permitió abrir las fronteras económicas del país sin
renunciar al control estatal sobre sectores clave.
Cabe destacar que China permitió la entrada de inversión extranjera directa bajo un
esquema selectivo, al tiempo que mantuvo restricciones sobre determinadas
importaciones con el objetivo de fomentar la producción nacional de insumos y bienes
intermedios. Esta estrategia contribuyó a preservar una balanza comercial positiva,
generar empleo, promover la especialización tecnológica y desarrollar una fuerza laboral
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calificada. A su vez, permitió al país adquirir conocimientos en gestión empresarial,
establecer relaciones comerciales estables y beneficiarse de la transferencia tecnológica
proveniente del exterior (Paul, 2016; Zeng, 2011; Hernández & Montalvo, 2012).
Otra estrategia clave consistió en otorgar a las empresas mayor autonomía para contratar
y seleccionar a su fuerza laboral, eliminando la imposición estatal de personal excedente.
Esta flexibilización contribuyó a mejorar el desempeño organizacional, elevar la
productividad y fortalecer la competitividad empresarial. Como consecuencia, se produjo
una expansión significativa de pequeñas y medianas empresas, acompañada de una
generación sostenida de empleo y de nuevas oportunidades de capacitación, lo que se
tradujo en mejoras salariales y en el nivel de vida de la población, así como en procesos
de migración hacia las regiones costeras (Yuan, 2017).
En el marco de la política industrial, el Estado chino realizó inversiones sustanciales en
infraestructura estratégica necesaria para el funcionamiento de plantas manufactureras
de capital extranjero. Esta es una de las razones por las cuales las primeras zonas
económicas especiales se localizaron en regiones costeras con acceso directo a puertos
y a redes de transporte terrestre. Asimismo, estas zonas se situaron en áreas con
relevancia histórica y geopolítica, como Zhuhai, fronteriza con Macao; Xiamen, frente a
Taiwán; y Shenzhen, próxima a Hong Kong, lo que facilitó la transferencia de
conocimientos empresariales y tecnológicos.
El caso de Shenzhen constituye uno de los ejemplos más emblemáticos y exitosos de las
zonas económicas especiales en China. Gracias a su cercanía con Hong Kong y a la
implementación de políticas diferenciadas, Shenzhen se transformó en un centro de
producción de conocimiento y de articulación regional del trabajo. La ciudad experimentó
uno de los mayores ritmos de crecimiento económico del país, convirtiéndose en un polo
de innovación tecnológica, sede de grandes corporaciones internacionales y referente
global en industrias de alta tecnología (Economista, 2010).
En términos generales, las zonas económicas especiales contribuyeron de manera
decisiva al proceso de modernización de China, al articular estrategias de comercio e
inversión orientadas a fortalecer el sector manufacturero. Estas zonas facilitaron el
acceso a tecnología, redes de comercialización y conocimientos organizativos
provenientes del exterior, permitiendo su posterior difusión hacia otras regiones y
sectores especializados, como las zonas de alta tecnología y las zonas de libre comercio.
Todo ello se tradujo en un incremento sostenido de la competitividad, la innovación y el
crecimiento económico.
Efecto de las Zonas Económicas Especiales en China
Para analizar de manera rigurosa el crecimiento y el desarrollo económico de China,
resulta imprescindible examinar el comportamiento de determinados indicadores
macroeconómicos clave. El primero de ellos es el Producto Interno Bruto (PIB), definido
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como la suma del valor agregado bruto generado por todos los productores residentes
en una economía, más los impuestos sobre los productos y menos las subvenciones no
incluidas en el valor de estos. Es importante precisar que el PIB se calcula sin realizar
deducciones por depreciación de activos fabricados ni por el agotamiento o degradación
de los recursos naturales (Knoema, 2019).
De acuerdo con datos del Banco Mundial, China ha registrado durante las últimas cuatro
décadas tasas de crecimiento económico excepcionalmente elevadas y sostenidas.
Desde 1980, la tasa de crecimiento del PIB (Ver Gráfico 1) se ha situado en torno al 10
% en la mayoría de los años y, en ningún caso, ha descendido por debajo del 3 % (Banco
Mundial, 2014). Este comportamiento refleja un desempeño notablemente estable en el
tiempo, particularmente relevante si se considera la magnitud de la economía china y los
desafíos asociados a su transformación estructural. Para el año 2019, el crecimiento del
PIB se situó en 6,1 %, según el Atlas Mundial de Datos de China, lo que confirma la
persistencia de una trayectoria de expansión económica.
El crecimiento sostenido del PIB chino se explica, en gran medida, por las reformas
económicas implementadas tras la muerte de Mao Tse-Tung, las cuales impulsaron la
liberalización gradual de amplias zonas del país mediante la creación y expansión de
zonas económicas especiales. Estas reformas introdujeron cambios estructurales
profundos en el aparato productivo, facilitando la transición hacia una economía más
orientada al mercado, sin abandonar el control estratégico del Estado sobre sectores
considerados clave.
Gráfico 1. Crecimiento Real del PIB de China (1980-2024)
Nota. Fuente: Banco Mundial, National Bureau of Statistics of China, Trading Economics para 2023-2024.
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El elevado ritmo de crecimiento económico alcanzado por China en un período
relativamente corto ha tenido un impacto significativo en su participación dentro del PIB
mundial. Considerando el PIB medido en términos de paridad del poder adquisitivo, la
participación de China aumentó aproximadamente quince puntos porcentuales en un
lapso cercano a treinta años, lo que representa una evolución extraordinaria. De hecho,
para el año 2014, China ya había superado a Estados Unidos como la principal economía
del mundo en términos de PIB ajustado por paridad del poder adquisitivo (Fondo
Monetario Internacional, 2014).
La fortaleza de la economía china quedó evidenciada durante la crisis económica y
financiera internacional de 2008 y 2009. Mientras numerosas economías desarrolladas
experimentaron contracciones significativas de su producto interno bruto, China logró
mantener tasas de crecimiento positivas, sosteniendo la actividad económica mediante
políticas fiscales y monetarias expansivas, así como a través del dinamismo de su sector
exportador y del mercado interno.
Por otra parte, las desaceleraciones del PIB chino en el gráfico corresponden a eventos
específicos: 1989-1990 (4.2%-3.9%) por protestas de Tiananmén y sanciones
internacionales; 1998 (7.9%) por crisis asiática afectando exportaciones; 2008 (9.7%) por
crisis global reduciendo demanda externa; 2020 (2.3%) por COVID-19 paralizando
manufactura; y 2022 (3.1%) por lockdowns estrictos y tensiones geopolíticas. Las ZEE
amortiguaron caídas al mantener IED y exportaciones: en 2008-2009, Shenzhen y
Pudong atrajeron tecnología pese a la crisis, permitiendo rebote al 9.4%-10.6%; en 2020,
zonas como Hainan impulsaron recuperación vía nearshoring y diversificación. Actúan
como "amortiguadores" con incentivos fiscales y logística, estabilizando empleo y
cadenas de suministro.
Es importante mencionar que, para el año 2024, las ZEE siguen operativas y
evolucionando, con nuevas zonas aprobadas, incluyendo Hainan Free Trade Port y
expansiones en Yangtze y Xiong'an. Contribuyeron al 5.0% de crecimiento PIB 2024 vía
innovación verde, IA y RCEP (acuerdo de libre comercio implementado desde 2022 que
fortalece las ZEE al expandir mercados para exportaciones desde Shenzhen o Hainan),
atrayendo $163B USD en IED pese a desaceleración general. La IED o Inversión
Extranjera Directa tiene como objetivo establecer operaciones productivas a largo plazo,
adquirir participación significativa en empresas locales o crear filiales/joint ventures. En
el contexto de las ZEE chinas, la IED fluye hacia estas zonas gracias a incentivos fiscales,
regulaciones flexibles y acceso logístico, generando transferencia tecnológica, empleo y
exportaciones que estabilizan el PIB durante períodos de fluctuaciones.
En síntesis, a pesar de las fluctuaciones observadas en el crecimiento real del PIB chino,
las zonas económicas especiales (ZEE) han desempeñado un rol estabilizador clave al
mantener flujos de inversión extranjera directa (IED) y exportaciones. Estas zonas,
particularmente Shenzhen, Pudong y Hainan, amortiguaron los impactos mediante
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incentivos fiscales, transferencia tecnológica y diversificación productiva, facilitando
rebotes rápidos como el 10.6% en 2010 y el 8.6% en 2021, y contribuyendo al 5.0%
registrado en 2024 pese a desafíos estructurales. En 2024, con más de 20 nuevas ZEE
operativas, incluyendo el Puerto Libre de Hainan, siguen impulsando innovación en IA,
energías verdes y el marco RCEP, atrayendo millones de dólares en IED y consolidando
su función como catalizadores de resiliencia económica.
Otro indicador relevante para evaluar el crecimiento económico y el nivel de bienestar de
un país es el PIB per cápita, también denominado renta per cápita o ingreso per pita,
el cual se obtiene de la relación entre el PIB y el número de habitantes. Este indicador
permite aproximarse al nivel promedio de ingresos de la población y constituye una
referencia habitual para analizar el desarrollo económico. En el caso chino, el PIB per
cápita experimentó un crecimiento considerable y sostenido durante las últimas cuatro
décadas, multiplicándose por más de diez, con una tasa promedio anual cercana al 9 %,
a pesar del notable incremento poblacional registrado en el mismo período (Oficina
Nacional de Estadísticas de China, 2014).
El PIB per cápita de China, medido en dólares actuales, ha registrado un crecimiento
exponencial desde aproximadamente 195 USD en 1980 hasta cerca de 13,122 USD en
2024, multiplicándose por más de 67 veces en un proceso marcado por fluctuaciones
moderadas vinculadas a las reformas económicas y las zonas económicas especiales
(ZEE). Inicialmente lento hasta 1990 (alcanzando ~348 USD) debido a la transición post-
Mao, experimentó aceleraciones notables en los 90 y 2000s superando los 4,550 USD
en 2010 impulsado por la atracción de IED en ZEE como Shenzhen y Pudong, que
elevaron la productividad y exportaciones.
Pese a desaceleraciones relativas posteriores al año 2010 por madurez económica y
población, China mantuvo una tendencia ascendente estable, resistiendo crisis como la
del 2020 gracias a la resiliencia de estas zonas. Por su parte, en los últimos 5 años (2020-
2024), el PIB per cápita de China ha mantenido una tendencia ascendente pese a
desafíos globales, pasando de ~10,435 USD en 2020 a ~13,122 USD en 2024, con un
crecimiento promedio anual de ~5.8%. La caída relativa en 2020 se debió a la pandemia
de COVID-19, que paralizó manufactura y exportaciones, pero las ZEE como Hainan y
Shenzhen facilitaron una rápida recuperación vía nearshoring y estímulos digitales,
elevando el indicador en el año 2024.
No obstante, al comparar el PIB per cápita de China con el de las economías
desarrolladas de Europa o con Estados Unidos, se observa que, en diversos períodos,
los niveles chinos permanecen significativamente por debajo. Este hecho sugiere que,
pese al elevado crecimiento agregado del PIB, el nivel de bienestar promedio de la
población china aún presenta rezagos relativos. En este sentido, un análisis basado
exclusivamente en el PIB per cápita podría conducir a la percepción de que China no
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alcanza plenamente el estatus de potencia económica en términos de ingreso individual,
dado el peso de su extensa población.
Para complementar el análisis del desarrollo económico, resulta pertinente examinar el
Índice de Desarrollo Humano (IDH), indicador elaborado por el Programa de las Naciones
Unidas para el Desarrollo (PNUD) con el propósito de medir el nivel de desarrollo de los
países desde una perspectiva multidimensional. A diferencia de los indicadores
puramente económicos, el IDH incorpora variables relacionadas con la esperanza de vida
al nacer, el nivel educativo y el PIB per cápita ajustado por paridad del poder adquisitivo,
lo que permite una evaluación más integral del bienestar social (Oficina Nacional de
Estadísticas de China, 2014).
Desde 1990, año en que comenzó a aplicarse de manera sistemática el IDH, China ha
mostrado una evolución claramente favorable. El índice pasó de un valor de 0,499 en
1990 a 0,761 en 2019, lo que implica una transición desde un nivel de desarrollo humano
bajo hacia uno considerado alto. Esta mejora sustancial evidencia que el crecimiento
económico chino ha estado acompañado de avances significativos en indicadores
sociales clave, tales como salud y educación.
En los últimos 5 años, el Índice de Desarrollo Humano (IDH) de China ha mostrado una
evolución ascendente y estable, consolidándose en la categoría de desarrollo humano
alto y mejorando su posición global del 79.º al 78puesto según el PNUD. Este progreso
se atribuye a avances en esperanza de vida, promedio de escolaridad e ingreso per
cápita, pese a desafíos como la pandemia de COVID-19 que generó una ligera
divergencia global en 2020-2021. Las Zonas Económicas Especiales han contribuido
indirectamente mediante generación de empleo calificado, reducción de pobreza y
fortalecimiento de sistemas de salud/educación, alineándose con la "doble circulación" y
RCEP para mitigar desigualdades.
A pesar de estos avances, el nivel de desarrollo humano de China continúa situándose
por debajo del que cabría esperar de una economía con tasas de crecimiento del PIB tan
elevadas. Esta brecha pone de manifiesto la existencia de desafíos estructurales
persistentes, asociados a desigualdades regionales, diferencias urbano-rurales y
limitaciones en la distribución del ingreso. No obstante, el progreso registrado en el IDH
refleja una mejora sustancial en la calidad de vida de amplios segmentos de la población.
Adicionalmente, China se ha consolidado como el mayor poseedor de reservas
internacionales de divisas a nivel mundial. A finales de 2018, dichas reservas superaron
los tres billones de dólares estadounidenses, lo que constituye un respaldo significativo
para la estabilidad macroeconómica del país. En un contexto de expansión económica
sostenida, caracterizado por una creciente fortaleza nacional, amplios mercados internos
y elevados niveles de potencial productivo, China ha demostrado una notable capacidad
para enfrentar riesgos externos y crisis financieras.
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En los últimos 5 años, las reservas internacionales de China han mantenido niveles
récord por encima de los 3 billones de USD, mostrando estabilidad con fluctuaciones
menores pese a presiones globales. Esta resiliencia se debe a superávits comerciales
persistentes, diversificación de activos (incluyendo oro) y políticas de control de capitales,
amortiguando impactos de la pandemia, tensiones EE.UU.-China y debilidad de la
moneda. Las ZEE han contribuido al generar exportaciones récord, posicionando a China
como el mayor poseedor mundial y colchón contra volatilidades externas.
En conjunto, los resultados evidencian que las zonas económicas especiales han
desempeñado un papel determinante en la transformación estructural de la economía
china, actuando simultáneamente como motores de crecimiento, mecanismos de
atracción de inversión extranjera directa y amortiguadores frente a perturbaciones
externas. La evolución sostenida del PIB, el incremento significativo del PIB per cápita,
la mejora progresiva del Índice de Desarrollo Humano y la elevada acumulación de
reservas internacionales reflejan el impacto positivo de estas zonas en la estabilidad
macroeconómica y el fortalecimiento productivo del país. Asimismo, la capacidad de las
ZEE para adaptarse a distintos contextos de crisis, sostener el empleo, promover la
transferencia tecnológica y articularse con estrategias geopolíticas y comerciales
confirma su función estratégica dentro del modelo de desarrollo chino y su relevancia
como instrumento de política económica de largo plazo.
Discusión
El desempeño económico chino de las últimas décadas representa un fenómeno sin
precedentes en la historia económica contemporánea. El rápido crecimiento
experimentado ha permitido sacar a más de cuatrocientos millones de personas de la
pobreza, constituyéndose en uno de los procesos de reducción de la pobreza más
significativos registrados a nivel global. Estas condiciones explican, en gran medida, la
capacidad de China para enfrentar con éxito escenarios de crisis y perturbaciones
externas (Zhu & Zhao, 2018).
Los resultados obtenidos confirman que las zonas económicas especiales han
desempeñado un papel central en el proceso de transformación económica de la
República Popular de China, particularmente como mecanismos de atracción de
inversión extranjera directa y de inserción progresiva en la economía global. Tal como
señalan Farole & Akinci (2011) y Orozco (2009), las ZEE no solo generan ventajas
competitivas para las empresas instaladas en ellas, sino que también permiten a los
Estados anfitriones experimentar con políticas económicas diferenciadas. En el caso
chino, esta experimentación se tradujo en un modelo híbrido que combinó mecanismos
de mercado con un fuerte control estatal, logrando resultados superiores a los
observados en otras experiencias internacionales donde la liberalización fue abrupta o
carente de una estrategia de desarrollo de largo plazo.
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Los hallazgos respaldan los planteamientos de Heilmann et al. (2008) y Zhang & Zhu
(2018), quienes sostienen que el éxito chino se explica, en gran medida, por el uso
deliberado de las Zonas Económicas Especiales como “laboratorios de política
económica”. A diferencia de otros países donde estas zonas operaron como enclaves
aislados, en China estas zonas fueron progresivamente integradas al sistema productivo
nacional, facilitando la difusión de prácticas organizativas, tecnológicas y regulatorias
hacia otras regiones. Este enfoque gradual permitió minimizar los riesgos sociales y
macroeconómicos asociados a la apertura, al tiempo que se preservó la estabilidad
política.
Los resultados relacionados con el crecimiento del producto interno bruto y la estabilidad
macroeconómica coinciden con los análisis de Liu (2019) y Paul (2016), quienes destacan
la capacidad de China para sostener elevados ritmos de crecimiento incluso en contextos
de crisis financieras internacionales. La resiliencia mostrada durante las crisis de 1997 y
2008 sugiere que las ZEE no solo contribuyeron al crecimiento, sino que fortalecieron la
estructura productiva y financiera del país. La combinación de políticas de estímulo
interno, control del sistema financiero y orientación exportadora permitió amortiguar los
impactos externos, diferenciando la experiencia china de otras economías emergentes
más vulnerables.
En cuanto a los indicadores de bienestar, los resultados muestran que el notable
crecimiento económico impulsado por las ZEE se ha traducido en mejoras significativas
en el Índice de Desarrollo Humano, aunque de manera desigual. Tal como indican Zhu &
Zhao (2018) y la Oficina Nacional de Estadísticas de China (2014), el aumento del IDH
refleja avances sustanciales en salud, educación y reducción de la pobreza; sin embargo,
persisten brechas regionales y urbano-rurales. Esta situación evidencia que el
crecimiento económico, si bien es una condición necesaria, no es suficiente para
garantizar un desarrollo plenamente equitativo, lo que plantea desafíos pendientes en
términos de redistribución y cohesión social.
Finalmente, la experiencia china con las zonas económicas especiales ofrece lecciones
relevantes para otras economías en desarrollo, aunque su replicabilidad no es
automática. Como advierten Bustelo (1999) y Zeng (2011), el éxito de las ZEE en China
estuvo condicionado por factores específicos, como la capacidad del Estado para
coordinar políticas, la inversión sostenida en infraestructura, el control estratégico del
capital extranjero y la articulación con una política industrial nacional. En este sentido, la
principal contribución del modelo chino no radica en la simple creación de zonas
económicas especiales, sino en su integración coherente dentro de una estrategia de
desarrollo de largo plazo, adaptada a las particularidades institucionales y estructurales
del país.
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Conclusiones
Las zonas económicas especiales han constituido un instrumento central dentro de la
estrategia económica y geopolítica de la República Popular de China para gestionar su
transición desde una economía de planificación centralizada hacia un modelo de
economía mixta con fuerte liderazgo estatal. Lejos de representar una liberalización
indiscriminada, las ZEE funcionaron como mecanismos cuidadosamente diseñados para
introducir gradualmente incentivos de mercado, atraer inversión extranjera directa y
fortalecer capacidades productivas, sin perder el control estratégico del proceso de
desarrollo.
Los resultados evidencian que la efectividad de las ZEE chinas radicó en su integración
dentro de una visión de largo plazo, articulada con políticas industriales, comerciales y
tecnológicas coherentes. La política de Puertas Abiertas, el programa de las Cuatro
Modernizaciones y el marco normativo de las empresas de riesgo conjunto permitieron
combinar apertura externa con aprendizaje interno, facilitando la transferencia
tecnológica, la modernización industrial y la inserción competitiva en cadenas globales
de valor, bajo una gobernanza económica centralizada y pragmática.
Asimismo, el estudio confirma que las zonas económicas especiales desempeñaron un
papel decisivo en la consolidación de la resiliencia macroeconómica de China. A lo largo
de distintas crisis económicas y financieras internacionales, las ZEE actuaron como
amortiguadores del ciclo económico, al sostener flujos de inversión, exportaciones y
empleo, contribuyendo a la estabilidad del producto interno bruto. Este comportamiento
demuestra que las ZEE no solo impulsaron el crecimiento, sino que fortalecieron la
capacidad del país para enfrentar perturbaciones externas y adaptarse a escenarios de
incertidumbre global.
Desde la perspectiva del bienestar social, los resultados indican que el crecimiento
económico asociado a las ZEE se tradujo en avances significativos en indicadores como
el PIB per cápita y el Índice de Desarrollo Humano, reflejando mejoras sustanciales en
ingresos, salud y educación. No obstante, también se identifican limitaciones persistentes
vinculadas a desigualdades regionales y urbano-rurales, lo que pone de manifiesto que
el crecimiento económico, aunque necesario, no es suficiente para garantizar un
desarrollo plenamente equitativo, planteando desafíos estructurales aún pendientes.
En términos geopolíticos, la experiencia china muestra que las zonas económicas
especiales trascendieron su función estrictamente económica para convertirse en
herramientas de posicionamiento estratégico. La localización de las ZEE en regiones
costeras clave, su articulación con redes logísticas internacionales y su vinculación con
acuerdos comerciales regionales fortalecieron la proyección internacional de China,
consolidando su rol como actor central en la economía global y ampliando su influencia
en los flujos de comercio, inversión y tecnología.
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Finalmente, este estudio permite concluir que la principal lección del modelo chino no
reside en la simple replicación de zonas económicas especiales, sino en la forma en que
estas fueron concebidas como parte integral de una estrategia nacional de desarrollo. La
experiencia de China demuestra que el éxito de las ZEE depende de la capacidad del
Estado para coordinar políticas, regular estratégicamente el capital extranjero y adaptar
las reformas a su contexto institucional. En consecuencia, las ZEE emergen como un
instrumento potencialmente valioso para otros países en desarrollo, siempre que su
implementación responda a realidades nacionales específicas y a objetivos de desarrollo
de largo plazo.
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